Bienvenidos a Dailyland: el Centre del Carme se transforma en el universo único de Joan Verdú

14 de octubre de 2026

«Bueno, en realidad lo de la pintura es una tapadera, mi verdadera actividad es el arte.” Joan Verdú

VALÈNCIA. ¿Cómo sería entrar en la cabeza de alguien? El Centre del Carme ha hecho una aproximación con el mundo singular del artista Joan Verdú, un nombre fundamental para entender la sana relación del arte contemporáneo con la cultura pop en las últimas décadas. Su universo se llama Dailyland, y está tan plagado de cosas que no parece faltar nada más para vivir. Hay vallas publicitarias, todo tipo de productos comerciales, ventanas, consejos, objetos cotidianos… Y si por casualidad algo faltara, el público siempre tiene la posibilidad de colarse por uno de los agujeros negros con los que llenaba sus obras, y ver qué pasa.

Life in Dailyland, convierte el antiguo convento en una suerte de territorio propio del artista valenciano, fallecido en 2017. Más de 160 obras recorren una trayectoria marcada por el pop, el surrealismo, el humor, la cultura popular y una particular manera de alterar aquello que, por cotidiano, podría parecer ya demasiado conocido.

La muestra, que podrá visitarse hasta enero de 2027, es la mayor dedicada a Verdú desde su muerte y reúne tanto algunas de sus series más reconocibles como tres conjuntos inéditos que nunca habían sido expuestos —Conills (2013), Los Blues alegres (2002-2003) e Imágenes confusas (2003).

El comisario, Tomás Verdú, es el hijo del propio artista. Y es que los guardianes de la obra de Verdú han sido, principalmente, familiares y amigos, que fueron partícipes de la prolífica producción del artista.

Joan Verdú

En todo caso, volviendo al comisariado, Tomás Verdú es de profesión dramatugo y actor, así que ha planteado la exposición “como una dramaturgia en sí misma”, en la que el visitante entra en Dailyland, el territorio imaginario que el propio artista formuló poco antes de morir y que sirve ahora como hilo conductor para ordenar una obra que nunca pareció demasiado interesada en respetar las fronteras entre disciplinas, épocas o registros —por lo que no tenía sentido ordenarlas según estos otros criterios.

Verdú empezó en el mundo de la ilustración, el cómic, el diseño y el trabajo gráfico antes de adentrarse plenamente en la pintura. “Bueno, en realidad lo de la pintura es una tapadera, mi verdadera actividad es el arte”, llegó a decir.

Su relación con la cultura popular no fue una etapa más, sino el materiales fundamental de su obra. Publicidad, marcas, personajes, objetos cotidianos, cómics, televisión o cine forman parte de un imaginario que, a la vez, es iconoclasta y eleva el sentido puramente comercial que tenían muchos de los soportes que tomaba como materia prima. Era, ante todo, un artista divertido.

El artista tomaba imágenes y signos que ya formaban parte del paisaje colectivo para devolverlos convertidos en otra cosa. Por el camino, lo importante era preguntarse qué ocurre cuando esos elementos cambian de contexto y empiezan a ser observados de nuevo. Una pared llena de estos chistes (a modo de Times Square de Dailyland), permite comprobar hasta qué punto la publicidad fue para Verdú una fuente de imágenes, pero también un lenguaje susceptible de ser desmontado y manipulado.

obra de Joan Verdú

Mas allá de los juegos de palabras

Dailyland también es un universo más allá de las marcas publicitarias. En este viaje a la cabeza de Joan Verdú, desiertos, islas y espacios liminales también tienen un espacio preferente. El universo no solo lo crea un estilo pictórico, sino algunos de los personajes y símbolos que acabarían acompañando al artista durante buena parte de su trayectoria: cactus, llamas, conejos, calaveras, ángeles y demonios. Elementos que reaparecen, se combinan y cambian de sentido, construyendo una iconografía reconocible que, aunque en una cartela el propio Verdú reconozca que su mujer intentara, nunca podría dejar de lado. Por eso estamos en una mente.

La idea de Dailyland procede de un escrito que Verdú dejó en 2017, poco antes de su muerte. En él imaginaba un lugar en el que convivían sus diferentes identidades y producciones y en el que desaparecía la separación entre realidad y ficción, entre lo consciente y lo inconsciente.

De ahí que la exposición no se limite a los cuadros. Por ejemplo, con los escritos incendiarios que publicó entré 1998 y 2015 en una columna en Levante-EMV. Se exponen sus borradores, que incluyen tachones, anotaciones y marcas manuscritas. En ellos se refiere, en grande, a Consuelos Císcar como “la piraña de Picaña” o le dedica un poema que cierra diciendo “Consuelo/viva el museo/de tus amores/que es el museo de los horrores”. Una sátira que, incluída en su mundo, el propio Nicolás Bugeda (director del Centre del Carme y trabajador de una institución cultural azuzada por Verdú) reconoce como un acierto ácido que sentaba simpático por su audacia.

La provisionalidad también aparece en bocetos y maquetas de otras obras. Incluso en objetos “robados”; piezas sin especial valor económico que adquirían para él un valor fetiche precisamente por formar parte de ese paisaje visual cotidiano que alimentaba su obra

obra de Joan Verdú

Un paisaje lleno de amigos

En la exposición, de fondo, se nota la evidente relación de Verdú con la escena cultural valenciana. No solo por su propia participación en ella como artista, sino como afectado (en sus artículos) y como parte de una red de amigos que la formaban. Verdú no solo cultivó el fondo y la forma, sino un propio concepto de querer ser artista.

Desde su fallecimiento, aquellos que le acompañaron le han reivindicado fervientemente no solo como artista relevante sino como un buen tipo. Parece menor este detalle en un artículo periodístico, pero en realidad es muy importante, más teniendo en cuenta que la relación de Joan Verdú con el ámbito artístico está atravesado por dos factores biográficos fundamentales: su crítica mordaz a las instituciones culturales valencianas le creó enemigos poderosos, y su trastorno bipolar no le permitía relacionarse con total normalidad en ciertos ámbitos.

Como escribe MacDiego en el texto que formará parte del catálogo de la exposición, “Joan Verdú nos dejó una manera de entender la pintura”. Una frase que resume una de las apuestas de Life in Dailyland: no presentar únicamente una selección de cuadros realizados a lo largo de varias décadas, sino reconstruir la forma de mirar que los hizo posibles.

«No elijas tú, deja que el medio te elija a ti […]. Me eligió a mí el arte.” Joan Verdú